Julio A. Ruiz, de la ciudad de Buenos Aires, nos introduce en la vida de la Economía de Comunión y nos relata la experiencia como compilador del libro “Economía de Comunión. Experiencias empresariales y académicas”, que ya se encuentra disponible. 

Economia De Comunion – Julio A. Ruiz (yenny-elateneo.com)

 ¿Cómo describirías la EdC? 

Para entender las realidades carismáticas, sean religiosas o laicas, hay que comprender su inicio histórico; en nuestro caso, si perdemos Brasil 1991, perdemos nuestras raíces. ¿Pero Luigino Bruni no señaló que había que renovar nuestra narrativa? Sí, así como la iglesia renovó su narrativa en el Concilio vaticano II, por ejemplo, seguimos viviendo el mismo Evangelio, seguimos celebrando la Pascua y la Navidad, pero ahora usando las lenguas locales, no en latín… Hoy para nosotros Brasil 1991 tiene significados a descubrir para varios siglos (también por esto no hay que “atarse” a una narrativa, porque entonces, estaríamos fabricando una ideología, un “pensamiento único”)

Los primeros significados de Brasil 1991 los plantea la misma Chiara Lubich que nos propuso la EdC en los días siguientes al discurso fundacional: a- es una respuesta a la inequidad socioeconómica (en el pensamiento cristiano la inequidad nunca es sólo económica); b- esta respuesta se funda en la encíclica Centesimus Annus, lo cual significa en toda la enseñanza social de la iglesia, y en la visión de una sociedad completa regida por la Ley del Amor (de ella nacieron las Mariápolis); c- la respuesta nace de un dolor sentido y vivido por Chiara Lubich, y su conducta de “aumentar la apuesta” cuando parece que con el Evangelio no alcanza. Cuando Chiara era muy joven, Gino (su hermano) militante del Partido Comunista fue a visitarla con varios camaradas y le dijeron que lo que ellas querían hacer en Trento, ellos lo harían en el mundo entero (probablemente le invitaban a unirse al Partido Comunista) y ella respondió: “somos jovencitas, pobres y pocas, ¡pero veremos quién llega primero!” Volvamos a Brasil, Chiara siempre estuvo convencida que la solución que la cuestión social pasaba por la comunión de los bienes, de hecho le propone vivir la comunión de los bienes como los primeros cristianos a las personas consagradas y más cercanas de su movimiento. En Brasil encuentra que la comunión de bienes no alcanza para superar la desigualdad y la injusticia económica y social. Entonces, lejos de abandonar sus convicciones fundamentales, redobla la apuesta: si con la comunión de bienes vivida individualmente no alcanza, entonces vivamosla también a nivel de las instituciones, y propone comenzar por las empresas. No se trataba de que los empresarios vivan la comunión de los bienes, pues eso ya lo hacían, si no de que las empresas como tales, vivan en la comunión de los bienes; que las políticas empresariales sean políticas de comunión.

 ¿Cuál es la relevancia de su propuesta para pensar el presente?

La propuesta de la economía de comunión hoy es muy relevante, al menos por 3 razones. Primero la inequidad y la desigualdad económica y social además de empeorar respecto de 1991, hoy también ponen en riesgo la supervivencia de la especie humana. Si no queremos extinguirnos como especie, el camino a tomar es radicalmente diferente al que hemos tomado como humanidad, y la comunión ofrece claves (al menos) para este cambio de rumbo.

En segundo lugar, la cultura prevaleciente hoy no ve en la pobreza un problema si no una culpa, un castigo, esta cultura está intrínsecamente unida a la Idolatría del Dinero, que nos transforma a todos en mercancías. Hoy la EdC es también una respuesta a este error, una respuesta que nos puede devolver nuestra humanidad, por ejemplo, poniendo a la economía en el lugar que le corresponde, en el lugar de auxiliar de una vida humana digna.

La tercera razón es el cambio necesario de las reglas de juego, San Juan Pablo II decía que el ateísmo teórico de Occidente era el resultado de muchas décadas de ateísmo práctico. La organización de nuestra vida cotidiana a través de este sistema económico-social deja a Dios un lugar muy marginal, y solamente dentro de la vida privada. No se trata de tener menciones explícitas a Dios en todas partes (lo cual no cambiaría mucho la situación), sino que las reglas de juego se hagan eco de Su Presencia. En el pensamiento cristiano, el concepto de “justicia social” evolucionó desde algo muy cercano a la justicia distributiva, hasta la justicia de las reglas de juego (en lenguaje moderno) (Encíclica Caritas in Veritate). Este último término puede resultar confuso, porque las reglas de los juegos infantiles pueden ser muy arbitrarias. Pero aquí nos referimos a las reglas de juego sociales que necesariamente deben ser justas para poner a la persona en el centro, sino las personas resultan reducidas a instrumentos de otras personas u otras motivaciones.

 ¿Qué lugar ocupa la persona en esta propuesta? ¿Por qué la idea de relatar las experiencias personales en relación a la puesta en vida de la economía de comunión?

En la economía de comunión, como en todo el pensamiento cristiano, la persona está en el centro. El problema es que esta expresión se puede transformar en un eslogan fácil. ¿Pero qué significa? El liberalismo busca hacer libre al hombre de los controles externos, Marx le contrapone “el hombre concreto”, el positivismo busca hacer libre al hombre de la irracionalidad. En estas ideologías es frecuente ponerse a si mismo en el centro (porque uno también es ser humano). En el pensamiento cristiano, poner en el centro al hombre es poner el centro al prójimo, sea cercano, como el cliente o el proveedor que atiendo todos los días, o lejano, como el desconocido que leerá el libro que compila parte de los trabajos de los simposios; y la única manera de ponerlo en el centro es amándolo. Pero no se trata de un amor romántico, platónico o de buenos deseos, si no de ocuparnos de su bien concretamente, de ser un don para los demás y que lo que hagamos sea también un don para el prójimo. Este cambio de conducta implica por sí mismo una revolución cultural, pues estamos acostumbrados a pensar la economía como una realidad paralela al don, o en todo caso, donde el don es una realidad marginal consecuencia de la idiosincrasia de algún empresario, cliente o agente económico un poco extravagante. Para la visión cristiana, toda la economía es una colaboración con la Providencia y la característica central de la Providencia es la gratuidad, porque es un don. Esto se ve claramente en que el amor comienza por los más débiles. En el cristianismo este es un concepto fuerte, pero en toda cultura humana, en toda familia, siempre se cuida más al más débil, no al más fuerte. Entonces, todas las categorías económicas necesitan ser repensadas, pues ellas están definidas, o fueron concebidas, en una cultura de autoafirmación donde el prójimo es o un instrumento o un obstáculo. 

Esa cultura económica, hoy prevaleciente, está disociada de la naturaleza del ser humano, entonces las experiencias donde se vive otra cultura toman un lugar central en la reconstrucción de una cultura más humana, y también en la difusión de este modo de hacer las cosas, un modo que nos hace felices a todos.

Por otro lado, una de las novedades de Chiara Lubich es que el Evangelio no es ni una utopía, ni una práctica, sino que el Evangelio es Vida. Entonces comunicar la vida tiene un rol fundamental y esa vida unas veces se traduce en pensamiento y otra veces en práctica.

 ¿Cómo colabora el hecho de contar las experiencias en la construcción del ideal de la economía de comunión?

Durante la primera década de la EdC, Chiara Lubich nos aclaró a los estudiosos que el proyecto de la economía de comunión estaba definido por Jesús. Es decir, que nuestra tarea es descubrirlo, no definirlo o delimitarlo. En la medida en que logremos ser fieles a ese proyecto, creceremos, si no seremos como un sarmiento (rama) separado de su vid, que después de un tiempo muere. Contar las experiencias por una parte nos muestra que la economía de comunión no es una utopía, sino que es real y concreta; por otra parte nos ayuda a repensar nuestras categorías económicas (al menos); nos ayuda a mejorar lo que hacemos, sea porque descubrimos algo que no se nos había ocurrido, o porque contándola descubrimos algo que podemos mejorar. Siempre entendiendo que contar experiencias es ponerlas en común, hacer comunión de ellas, no un show de experiencias; pues la lógica del don y la gratuidad funciona siempre.

 ¿Además de este libro, que otros espacios existen para compartir las experiencias de la economía de comunión?

Este libro es fruto de un espacio de comunión que son los Simposios de economía de comunión y también la red de relaciones que se construye alrededor de ellos. Actualmente, los empresarios y otras personas que adhieren a la economía de comunión se encuentran en Argentina 2 veces al año, esos son espacios de comunión para comenzar a conocer la propuesta y progresar en ella. También hay varias comunidades de economía de comunión en todo el país (y también Latinoamérica) que son lugares para compartir las experiencias, las inquietudes, las dificultades, en una palabra compartir la vida.

Estos espacios son esenciales porque la economía de comunión, como cualquier propuesta de comunión, no se puede vivir individualmente, es necesaria la comunión con otras personas que participan del proyecto, ya sea como empresarios, empleados, clientes, estudiosos o necesitados. Esta propuesta no es una receta (o una doctrina) que cada uno puede aplicar como si estuviera solo en el mundo. Somos seres sociales y la comunión necesita siempre más de uno para realizarse.

 ¿Cómo fue el proceso de creación conjunta del libro hasta llegar a lo que es hoy?

El libro es una compilación, una selección organizada de artículos y presentaciones en eventos académicos, no es ni una antología ni un compendio. Se eligieron las ponencias y artículos que ya estaban publicados, mirando que todos los participantes del simposio, vinculados a temas de economía y administración, tuvieron su lugar. Después cada capítulo se vió en comunión con cada uno de los 10 autores. Y esta experiencia fue desde quien no le pareció oportuno ningún cambio, hasta quien quiso escribirlo “a nuevo”, incluyendo todas las alternativas intermedias, en un proceso que llevó buena parte del año pasado. Al final de esta tarea hubo que hacer algunos cortes, por ejemplo yo saqué 5 capítulos míos, para llegar a tiempo con los plazos propuestos.

El índice muestra 4 partes: “Cultura y Economía de Comunión”, “Economía Desarrollo y Felicidad”, “Prácticas y Estudios de casos”, y “¿Una racionalidad de comunión?” Los estudiosos nunca planificamos estas áreas de trabajo, sino que la Providencia a través de nuestras inclinaciones y posibilidades, fue armando nuestra agenda. Damos fe, de que el Socio Oculto planifica mejor que cualquier ser humano.

Después de leer y corregir el libro, el editor estaba convencido que debía llamarse “Economía de Comunión”, realmente estaba encantado, no con el libro, sino con la economía de comunión, y debo remarcar que no conocía nada antes de leer el libro. 

La propuesta del nombre la vimos entre los estudiosos y también con los presidentes de la Asociación y UNIDESA, ya que “economía de comunión” se había utilizado en muy pocos títulos de libros vinculados a la edc, y nos parece un nombre de mucho peso y significación como para tomar la decisión por nosotros solos.

 ¿Cómo es esta relación que existe, y que las experiencias del libro muestran, entre el estudio de la economía y el trabajo por la puesta en práctica de estas teorías?

Hoy la economía de comunión y la espiritualidad que la alimenta implican un cambio radical en el pensamiento relativo a la economía y el trabajo. Pero hasta ahora las elaboraciones teóricas que tenemos son más bien doctrinales y prescriptivas, que teórico-explicativas. Así que recién estamos comenzando, ya sabemos que la cultura del dar, la reciprocidad y el don no son ajenos a la economía, que la empresa tiene una relación con todos los interesados (desde los proveedores hasta los clientes, pasando por el Estado) que excede las reglas del comercio; también sabemos que la pobreza no se soluciona desde afuera, si no devolviéndole a los pobres su derecho a participar (y el reconocimiento de su dignidad). Pero estamos al inicio, no tenemos una explicación global, ni una explicación macroeconómica, todavía no integramos el concepto de circulación de los bienes -típico de la experiencia de comunión de los bienes en el movimiento de los focolares- en un pensamiento económico más general, ni desarrollamos un modelo económico donde el trabajo no sea una mercancía, o donde interpretemos los precios en forma consistente con la gratuidad, … ¡hay mucho trabajo por delante! Pero no estamos solos, además de todos los planteos que quieren renovar la economía (desde la economía social, la economía circular, hasta el cooperativismo) la enseñanza social de la Iglesia, vista como un pensamiento que trasciende las exigencias éticas, puede aplicarse con carácter supletorio (como dicen los abogados) hasta que tengamos nuestras propias teorías. La enseñanza social de la Iglesia es muy rica en categorías técnicas y conceptos operativos; aplicarla nunca será una solución de compromiso o ineficaz.

 ¿Cómo puede una persona poner en práctica las ideas de la economía de comunión en su día a día? 

La economía de comunión es una proyección de la comunión de los bienes, pero vivida a escala institucional.

Entonces, es totalmente factible vivir esta propuesta cotidianamente. No hay un único modo de vivir la comunión de los bienes, cada uno debe encontrar el que le resulte más adecuado a su situación de vida. Es claro que un empresario que quiera vivir la economía de comunión debe acercarse a otros colegas que la vivan y ver cómo hacen. Sobre esto hay muchas experiencias que se han ido recopilando en el tiempo. ¿Pero cómo hacemos los estudiosos? En primer lugar, dedicamos nuestro trabajo, o parte de él, a este proyecto. Luego compartimos con otros estudiosos los resultados de nuestro trabajo, la selección de la metodología, la elaboración de los interrogantes de investigación, de forma de ir trabajando en comunión. En nuestro caso, no significa que hacemos todos lo mismo pues cada uno tiene su realidad laboral específica con sus exigencias particulares. Trabajar en comunión para nosotros significa compartir las dificultades, los logros, y ayudarnos mutuamente a ir adelante con el aporte que cada uno específicamente hace a la economía de comunión. Un consumidor, por ejemplo, puede vivir la austeridad en sentido cristiano, no consumir o usar más de lo que verdaderamente necesita y el resto hacerlo circular como un don hacia quien tiene más necesidad; pero no es la única manera pues las relaciones, como dijimos antes, superan el intercambio comercial. Entonces puede, desde ayudar a poner un precio justo hasta ayudar a su contraparte con problemas personales (dependiendo de las relaciones y las circunstancias). 

Todos, como simples ciudadanos, podemos aportar a difundir la “cultura del dar”: una buena parte de las relaciones sociales son comunicación, “los valores son conversacionales” decía un estudioso que ya falleció. El don, la gratuidad, la reciprocidad, la comunión, no se harán presentes a escala social, si primero no están presentes en la conversación cotidiana.