Por Matías Mattalini, CoPresidente del MPPU Argentina.

En una oportunidad, compartiendo un tramo de la vida en un comedor comunitario de Monte Quemado (Provincia de Santiago del Estero), una de las señoras que lideraba la preparación y cocción de milanesas hechas al horno de barro, me expresó su alegría por entregarse en la tarea de alimentar a tantos niños y niñas. A su vez, manifestó la angustia que le ocasionaba ver la indiferencia de líderes poderosos ante la situación que padecían las familias de su pueblo. Pero el acento estuvo en la alegría y nos dejó dos frases que jamás olvidaremos. La primera: “lo mejor de mi tierra es la mirada de los niños”. La segunda: “nosotras tratamos de ser como el buen samaritano”.

La parábola del buen samaritano es un relato clásico y está metida en nuestra cultura mestiza latinoamericana. Es común que cualquier cristiano o cristiana practicante o no, pero también un ateo o un creyente de otra procedencia religiosa que leyó o escuchó la parábola, sostenga que cuando alguien realiza una acción de acompañamiento a otro está siendo como el buen samaritano. También se lo utiliza para ironizar con un sentido metafórico: “che, no te hagas el buen samaritano”, me dijo un amigo cierto día que ayudaba a una persona mayor de edad a cruzar la calle para ir al almacén del barrio. Estas expresiones nos hablan de un relato que está incorporado en la cultura popular. Conforma una parte de la red metafórica que el pueblo utiliza para comunicarse y transmitir una idea o una descripción de la realidad no en términos literales sino de manera comparada o analógica aunque situada desde su historia y perspectiva social comunitaria. Leámosla (escuchémosla):

Un maestro de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?”. Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo”. Entonces Jesús le dijo: “Has respondido bien; pero ahora practícalo y vivirás”. El maestro de la Ley, queriendo justificarse, le volvió a preguntar: “¿Quién es mi prójimo?”. Jesús tomó la palabra y dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, quienes, después de despojarlo de todo y herirlo, se fueron, dejándolo por muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por el mismo camino, lo vio, dio un rodeo y pasó de largo. Igual hizo un levita, que llegó al mismo lugar, dio un rodeo y pasó de largo. En cambio, un samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre herido y, al verlo, se conmovió profundamente, se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo. A la mañana siguiente le dio al dueño del albergue dos monedas de plata y le dijo: ‘Cuídalo, y, si gastas de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se comportó como prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?” El maestro de la Ley respondió: “El que lo trató con misericordia”. Entonces Jesús le dijo: “Tienes que ir y hacer lo mismo (Lc. 10,25-37).

Empecemos por el contexto. El que escribe es el evangelista Lucas. El relato del buen samaritano no figura en los otros evangelios. Sin embargo, lo que sí aparece tanto en los relatos de Mateo (Mt. 22, 34-40) como de Marcos (Mc. 12, 28-34) es el diálogo con el letrado, también conocido como doctor de la ley. En palabras llanas, como diría Amartya Sen (2011) al tomar esta parábola para su análisis de la justicia, el dialogo con un “abogado local”. En efecto, Lucas es el más detallista y cuenta toda la conversación completa, incluyendo este relato metafórico.

Antes de la pregunta que realiza el abogado local, se narra el envío y regreso de los setenta y dos discípulos de Jesús. El Maestro había estado formando a sus discípulos y llegado el momento los envía a los poblados y ciudades a anunciar la “buena noticia”, aquella que sostiene que “el Reino de Dios está cerca”. El regreso de los discípulos es emocionante, llegan a expresarle a Jesús que hasta los demonios se les sometían en su nombre.

Jesús no había enviado a estudiosos y eruditos sino aquellos y aquellas que siendo pueblerinos, trabajadores y pobres se habían entusiasmado con el proyecto del “Reino de Dios y su justicia”. Por ello, al escucharlos en su regreso se llena de gozo agradeciendo al “Padre” del cielo por haberse revelado a los sencillos más que a los entendidos, relacionando a los primeros con la humildad y a los segundos con la soberbia.

Es muy probable que el doctor de la ley haya estado por allí cerca escuchando la exclamación de Jesús. Era común a esa altura de la historia, que los judíos eruditos estuvieran rondando a Jesús en busca de alguna prueba para culparlo de blasfemia o alguna otra falta a la ley. Les preocupaba la multitud que lo seguía y el movimiento que se iba generando en torno a su enseñanza. Por ello, Lucas incorpora el pasaje antes mencionado ni bien termina la pregunta del doctor de la ley, e incluso menciona: “se levantó y le preguntó”. Esta expresión hace entrever que había una multitud sentada que veía y escuchaba a Jesús; de entre medio se levanta este erudito para ponerlo a prueba.

El diálogo, entonces, inicia con la escucha de la expresión de gozo de Jesús por el regreso de los discípulos y luego continúa con la pregunta del abogado local acerca de qué es lo que se debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús parece anticipar sus intenciones dado que le contesta con otra pregunta, la cual, a su vez no puede dejar de ser contestada por un conocedor de la Toráh (los cinco primeros libros de la Biblia, que contienen los principales preceptos y experiencias identitarias del pueblo judío). El que se ve obligado a responder de manera lineal es el propio abogado y lo hace citando de memoria los libros de la ley: “amarás al Señor tu Dios… y al prójimo como a ti mismo”. A ello Jesús no solo no se opone sino que le redobla la apuesta invitándolo a vivir y practicar lo que predica.

Visto y considerando que había quedado mal parado ante la respuesta de Jesús, el doctor de la ley retruca: “¿quién es mi prójimo?”. Para la tradición judía el prójimo es el cercano a su cultura, el que vive como parte de su mismo pueblo, el que comulga con sus creencias. Es decir, aquel que forma parte de una fraternidad cerrada donde no pueden ingresar los impuros o los que están por fuera del “pueblo elegido”. El doctor de la ley sabe y ve que a Jesús lo siguen “pecadores y publicanos”, aquellos que nada tienen que ver con esa fraternidad, con ese pueblo.

Jesús, sin negar ni romper con la ley, se anima a reinterpretarla desde la situación histórico-cultural y ético-política que le toca vivir. Él sabe que los que quedan afuera de la fraternidad cerrada de la tradición judía más dura1, son pobres y excluidos que sufren la consecuencia de un sistema imperial (el romano) que privilegia las aristocracias económicas y religiosas por encima de las necesidades del pueblo. Sabe, además, que los líderes religiosos se aferran al imperio por conveniencia e intereses y que sólo esperan un Mesías poderoso que los libere militar, política y económicamente de dicho imperio. Los líderes religiosos del judaísmo de entonces difícilmente podían confiar en el pueblo más excluido y olvidado, y menos aún en quienes no practicaban la larga serie de preceptos que ellos se habían autoimpuesto.

La comunidad que seguía a Jesús contiene a todos aquellos y aquellas que están excluidos del sistema político religioso para no dejar a nadie afuera. En la comunidad se pueden encontrar judíos de pura cepa, aquellos que cobraban impuestos y formaban parte de la corrupción, los trabajadores y trabajadoras más excluidos del sistema económico, las mujeres que normalmente no podían ser parte de un grupo de seguidores de un maestro judío, incluso las prostitutas y todos y todas quienes pertenecían a naciones y pueblos enemistados con el pueblo judío, como los samaritanos. Podríamos decir que se trataba de una comunidad mestiza o sencillamente de un “mestizaje cultural” que ampliaba su noción de pueblo. La de Jesús era una comunidad fraterna (de hermanos) y sorora (de hermanas) bien abierta. Una auténtica sorfraternidad.

Desde nuestra óptica, no se trata solamente de agregarle la raíz femenina “sor” a la fraternidad como un mero accesorio. La mujer ha sido históricamente excluida, y ello se refleja con creces en la comunidad judía en la que nació Jesús. La mujer no formaba parte del culto central, no podía ascender a puestos de liderazgo, era apedreada si quedaba embarazada siendo soltera (como le podría haber pasado a María, la madre de Jesús), entre muchas otras situaciones nefastas. En este sentido, considerar a la mujer y sus experiencias sororas era realmente ampliar la fraternidad, modificar los cánones establecidos de un sistema cerrado (una totalidad dialéctica). A Jesús lo seguían grupos de mujeres que experimentaban la hermandad y rompían los esquemas fraternos cerrados.

Sin embrago, es preciso reconocer que el propio Jesús es transformado por las mujeres y sus formas de ver la vida. Valga como ejemplo aquel relato en que una mujer cananea le rogaba que atienda a su hija que estaba siendo atormentada por un demonio (Mc. 7, 24-30). Jesús no le presta atención de entrada y sus discípulos no hacen más que pedirle al Maestro que la despida porque no soportaban sus alaridos. En efecto, la mujer era pagana y nacida en Fenicia siria (extranjera), no podía entrar en el círculo de la fraternidad judía. Pero la mujer insistía porque confiaba en que Jesús podía expulsar al demonio del cuerpo de su hija. Entonces Jesús responde como parte de la fraternidad cerrada a la que pertenecía: “Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan de los hijos para echárselos a los perros”. Pero ella le devuelve una inesperada respuesta a la categórica frase del Maestro. Le dice que aun siendo así “los perros comen de lo que dejan caer los hijos de la mesa”. Los hijos representan a la comunidad judía a la que se debía en primer lugar Jesús, y los perros a los paganos. Las palabras de la cananea deben haber calado hondo en el corazón y en la mente de Jesús al punto que de inmediato decide liberar a su hija. La fe sencilla pero firme de una mujer excluida logra romper los esquemas de la fraternidad cerrada. En esa línea, se comprende el concepto de sorfraternidad que proponemos y el de fraternidad abierta que propone el Papa Francisco, quien en su última encíclica Fratelli Tutti (FT), asume la parábola del buen samaritano como el corazón teológico fundamental de su mensaje y de la propuesta de una “fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite” (FT, p. 1). Avancemos, ahora, con un análisis hermenéutico de la parábola2.

Los autores de la parábola –Jesús quien la cuenta y Lucas quien la escribe– están implicados en el proceso de búsqueda de la verdad. Las preguntas que se sitúan en el inicio del diálogo entre el abogado local y Jesús, no tienen respuestas abstractas sino vividas, experimentadas. Incluso se da como un juego de preguntas y respuestas que muestran la implicancia de quienes dialogan en la propia interpretación comprensiva.

La parábola implica el reconocimiento de un proceso metafórico que requiere de la paradoja para poder expresar un nuevo sentido, insólito aunque posible. La respuesta a la pregunta por quién es el prójimo no se encuentra en afirmaciones lineales y jerárquicas pronunciadas por un erudito (verificaciones empíricas o verdades lógicamente construidas), sino en un relato vivido que muestra una aparente contradicción pero que revela un extraño a la vez que claro, llano y simple modo de interpretación. En efecto, no fue difícil para el doctor de la ley concluir que el prójimo del hombre asaltado fue el samaritano (el que tuvo misericordia), aunque el relato no definió en términos lógicos qué se entendía por el concepto prójimo.

Hay una pregunta enigmática no dicha que recorre la parábola: ¿cómo es posible que un extraño, un extranjero, alguien que está fuera de la fraternidad cerrada pueda ser ejemplo de obras que son propias de aquellos que forman parte del “pueblo elegido”, aquellos que viven de la fe en el Dios que los libera? El samaritano, aunque también reconocía la Toráh, no era considerado puro a los ojos de los judíos sino un idólatra, y podríamos decir también un mestizo. En efecto, los judíos no querían a los samaritanos a pesar de que su ascendencia se remontaba a las doce tribus de Israel, porque éstos se habían mezclado con los asirios luego de la conquista en el 740 a. C. Analizando la parábola y trayendo su enseñanza hasta la actualidad, Francisco sostiene: “la paradoja es que a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes” (FT, p. 74). Esta parábola muestra que un extraño se hace cargo, se vuelve cercano de alguien que literalmente era un desconocido. Pero el que se vuelve cercano no es aquel que practica la ley, no es aquel que tiene los preceptos cumplidos, no es aquel que se sienta en el Templo a adorar, sino aquel que era mal visto por ser considerado idólatra y mestizo.

Por otro lado, la parábola se presenta como una mediación simbólica3 para responder la pregunta abierta. En efecto, media entre el precepto que enuncia “amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo” y la práctica concreta. Es símbolo de una fe que reclama ser vivida y expresada con obras. Pero es también un medio que utiliza el Maestro para expresar que el amor a Dios y al prójimo no son posesión de un solo pueblo, de una sola nación, de un grupo selecto, de una fraternidad cerrada sino que son mandamientos que aplican a toda la humanidad.

Además, la parábola es mediación para una propuesta arriesgada. El amor al prójimo lo arriesga todo (situación límite). En efecto, el camino que va de Jerusalén a Jericó era conocido como la “senda de la sangre”, porque debido a su sinuosidad y a la dificultad de transitarlo era propicio para un asalto. El sacerdote y el levita no se hacen cargo del hombre herido porque –como analiza Martin Luther King4– muy probablemente estaban llenos de temor; quizás los ladrones estaban aún cerca y podían correr la misma suerte que el asaltado o quizás el hombre herido tan solo fingía y estaba al acecho de quien cayera en su trampa. Ellos se preguntaron por lo que podría pasarles si se detenían, en cambio el samaritano puso en primer lugar al herido sin importar lo que le podría haber pasado a él. Sintió el mandato ético-político de hacerse cargo, amplió su nosotros, su fraternidad.

Hay un elemento más que cabe destacar: ¿cómo propone la parábola ampliar el nosotros, la fraternidad? El relato deja abierto el espacio para pensarlo. Sin embargo, podemos inferir algunas ideas emergentes siempre abiertas al dialogo. Si hablamos desde la perspectiva de la esfera tenemos que ir ampliando e incluyendo a los otros como un círculo que se va agrandando. Pero el Papa Francisco (un hijo del mestizaje cultural latinoamericano), partiendo de la parábola del buen samaritano, no plantea la amplitud del nosotros desde la esfera sino desde el poliedro. Se trata de una figura geométrica cuya proveniencia etimológica es de la raíz polys, que significa “muchas” y de hedra, que significa “cara” o podríamos decir rostro. En el poliedro hay una unidad que respeta las diferentes caras. Es un respeto por la multiplicidad, lo multígeno, la pluriculturalidad que no deja de buscar la unidad. El buen samaritano representa un llamado a considerar como posible la unidad en la diversidad, un llamado a una solidaridad global poliédrica, a una sorfraternidad universal nueva.

 

Artículo publicado en la Revista Allá Ité (Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel Ugarte”). Link institucional: http://revistaallaite.unla.edu.ar/142/la-par-bola-del-buen-samaritano-y-la-sorfraternidad-universal-desde-am-rica-latina

Esta nota es una investigación personal que se ofrece para el debate y la reflexión colectiva, la cual proponemos y alentamos.